La nueva Ley de Seguridad Privada, cuyo proyecto obtuvo el visto bueno del Congreso este martes, ha levantado una polémica política y en los sindicatos y asociaciones que representan a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, por las atribuciones que concede a los vigilantes privados para que, con la autorización pertinente, puedan identificar y detener en la vía pública.
Según el texto, que cuenta con el apoyo de PP, PNV y CiU y el rechazo de PSOE e Izquierda Plural, la norma permitirá a los vigilantes identificar, cachear y detener a ciudadanos en zonas comerciales peatonales o en espectáculos deportivos o culturales, pero también en cualquier espacio público con la autorización pertinente.
«La ley se fundamenta en los principios de complementariedad y subordinación funcional«, argumentaba el diputado del PP Francisco Márquez este martes en el Congreso, y añadía que, si bien es cierto que aumentará las capacidades de las empresas privadas, no persigue la privatización de la seguridad.
En esa misma línea abunda el secretario de Estado de Seguridad, Francisco Martínez, que asegura que estasa medidas ayudarán a la consolidación de un sector en pleo auge -da empleo a 90.000 personas y factura 3.600 millones de euros al año- y que la futura ley alcanzará «la meta ambiciosa» de coordinar la seguridad pública con la privada.
«Conectar lo público y lo privado supone una muestra de sensatez», ha sentenciado y afirma que esa es la guía del Gobierno para actualizar la normativa de seguridad privada, vigente desde 1992.
Sin embargo, esta legislación, que aún ha de pasar por el Senado, ha generado una fuerte polémica y división de opiniones entre asociaciones jurídicas y los representantes de Policía y Guardia Civil.


